martes, 9 de junio de 2009

Quizá, quizá, quizás...

Siempre que te pregunto que cuándo, cómo y dónde... tú siempre me respondes... Quizá, quizá, quizás... Aún persistiendo de aquel falso sueño tú siempre acudes como un recuerdo, y siempre me respondes: quizá, quizá, quizás...
Y así pasan los días... y yo, desesperando... y tú, tú contestando... Quizá, quizá, quizás. Mira, que esto podría ser un engaño, o yo me podría estar lastimando, quizá, quizá, quizás...
Estás perdiendo el tiempo... pensando, pensando... por lo que tú más quieras ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo? Desfilando están todas las penas, negativos disfrazados de tus diversas caras... fotografías de un ayer que perdurará como un quizás.
Y así pasan los días... y yo, desesperando... y tú, tú contestando... quizás, quizás, quizás.
Dime bendita seas, dime, maldita seas, dime como quieras ser tomada vida, dime si mi razón de existir es plena, o sólo la melodía de un un buen danzón que no habrá de terminar...

Sí, incluso las buenas canciones pueden tener su maldición...

sábado, 16 de mayo de 2009

La mujer de papel

Estaba destruido por mis propias manos, devastado por mi extraña desarmonía. Hecha ya una común bola de papel, con rechazada poesía. Yacía así de irreparable, sometida en mi puño, con su rojo planeta que finge naturaleza de lunar. Dormitaba fuera de mis absurdos sueños, trazando círculos de aparente eternidad sobre el cuaderno también afectado por las frases y alegorías; lazo inexorable que me reprocha mi simplicidad arrogante. Cuando algo, algún remordimiento vibró en mi puño con el condenado papel sometido por la fuerza. Me decidí a escucharlo, a reparar su injustificable castigo. Fue abriendo sus brazos, con la cabeza agachada, sin ojos que se ocultaban en su palidez y sus marcas de fantasías hirientes, con una larga capa que apenas mostraba sus pies. Yo lo vi, no, la vi. Escuché el crujir de su pena al perderse su flor entre mis pies. Comprendí entonces que había cometido una injusticia hacia lo revés de la vida, un objeto muerto, pero con una historia transcurrida, antes de haber sido inicua hacia su inminente sobrevivencia. Era entonces una mujer resuelta a base de destrucción, nacida con un brote de esperanza, que permanecía aún entre mis pies. Le ayudé a completarse y arreglar su delicada capa cargada de penas (no niego haber deseado marcar en las anegadas faltas sumergidas en su espalda, marcarlas en mí como recuerdo de mis propios reproches) cuando al fin comprendí que aún podía repararlas, guardadas en aquella flor entre mis pies. Bajé la mirada: ahí estaba, deforme, con sus espinas de papel cuyo pecado de existencia es bendito y se arrepiente por todos, por el fatalismo de ver escritos sus temores en un plano firme, que debería ser escabroso y terrible... y muestra, por el contrario, un mundo blanco clamando su inocencia. Ella vino a mis manos para mostrar su esencia, y tomar de mi destrozo el perdido brote de esperanza. Tomé la flor entre mis manos, y la puse entre las suyas con escozor, arrepentida. Se le veía más firme y calmada, parecía no dolerle las fracturas. Entonces me animé a preguntarle su nombre, y su nombre era Soledad. Algún temor encariñado me llevó a matarla, tirarla entre la basura, sostenida entre sus manos la esperanza que dejé escapar al olvido.

domingo, 3 de mayo de 2009

Parodia de los sentimientos perdidos

Discute con nada soledad, no me busques, sé que tampoco soy algo, pero no me hagas perder ese autenticismo de pasar desapercibida ante los ojos de los todos, los permitidos.
Amargura, no me digas que siempre hablo de lo mismo, insoportable para ti se ha vuelto mi presencia. Tristeza ahora no me habla, y por tanto no me es permitido llorar y encontrarme confidente contigo para mutilar mis penas.
Soledad... es cierto que solías ser la amante perfecta, la pareja ideal. Tu arrullador silencio hacía dormir los más recónditos sentidos de la supervivencia humana, fuera del ser sólo una emoción, alteración u agonía. Verdad confieso con decir que siempre me hacía falta algo de ti, que habían ocasiones en que te extrañaba lejos, lejos de sentir el algo que tanto odiamos admitir su popularidad y gentileza hacia los rechazados.
Enojo, no te busco al querer matar todas mis reacciones; no es que te tenga desconfianza de hacerme cometer pecados, pero me han dicho que es mejor sentir temor que otra cosa, y Temor acude en mi compañía cuando tengo mis manos con algunos daños pertenecientes a las otras personas convalecientes de estar en todos los actos.
Muchas son las causas de mi gran desconcierto ahora, Confusión acude como aliado, y es, en alguna parte que apenas observo, que está el Perdón esperando a mi llamado...

viernes, 1 de mayo de 2009

Epidemia de las mentiras

Aquel día en que se hizo oficial la epidemia de las mentiras, salieron plumas por todas partes. No eran plumas de ángel, ni de querubín: eran sólo plumas que no pertenecían a nadie, una muestra de la inexistencia volando por el aire. La epidemia de las mentiras aseguraba una verdad enfermiza, que todos se cubrieran la boca y dejaran de mentir por otros, que acataran las órdenes de los altos mandos, aquellos, los superiores. Según siendo ésta una epidemia de las mentiras, resulta una verdad inconcebible que ha de ser oculta a toda costa, entre plumas sin identidades.

Aquella epidemia llegó un día que hacía sol, que habían plumas, una verdad inconcebible y el nombre de nadie, ni nada.

La verdad se esclarecía entre la brumosidad de las plumas sin personas ni nombre, anonimato de una enfermedad de mentiras que desde siempre había existido, y existirá de vez en cuando, algún día de sol, o tras la guía de plumas sin identidades, trayendo consigo una verdad oculta entre el pajar de las mentiras sin sombra, ni cura...

martes, 21 de abril de 2009

Retrato de los perros tristes

Sí... Ellos nos miraban con esos sueños vagabundos, perdidos, mientras íbamos al paso de la vereda. Sentados, queditos, no les quedaba más que sentir pena. Quizá algunos no sabían su destino; otros, habrían de escucharlo desde el aullido lejano de las últimas salas de laboratorio. Uno, que probablemente estaba siendo preparado para el sortilegio de la ya no existencia, luchaba sin fuerzas ante la insignificancia de aquel hombre uniformado. Era una varilla lo que le arrebataba del exterior en que siempre había vivido, era sólo la causa de andar solo por el mundo. Ellos nos miraban con esos ojos que no derraman lágrimas, sino que muestran el temor de su alma sostenida de un hilo. Íbamos al paso de sus últimos pasos, en un ayer en que nada era prohibido.

jueves, 16 de abril de 2009

El misterio del choque imaginario

"Voy a chocar..." Dice el niño mientras camina firmemente junto a la niña. Ella dice: ¿Y cuándo será?.

El niño tambalea frente a ella, como tratando de darle el gusto, diciendo. Sin embargo, no logra caer.

¿Caer?

¿Por qué habría de caer, si él va a chocar? Va firme, son pocos los pasos que ha seguido. Ella, indiferente, pero con oculta curiosidad, sigue con la mirada baja, a media sonrisa.

Él tambalea dentro de esa firmeza. No cae. Mi bolso produce un sonido metálico, parece ser un cascabel. Ellos van juntos, respetando esa distancia infantil. Apenas escucho los murmullos. ¿Estaba frente a ella en su fallido al caer? ¿Acaso, será, que él buscaba darle un gusto, cayendo, con la intención de romper esa firmeza? ¿Acaso será?

El zapato de mi pie derecho produce un sonido molesto, una especie de hule al ser comprimido. Ella observa hacia el otro lado: un perfil moreno, con el cabello al aire. Él sigue firme. No choca, no se tambalea, no cae. Sigue esa pregunta de gozo, un por qué a la cuestión imaginaria.

Ahora vuelve el recuerdo en medio de aquel silencio. "Voy a chocar..." Dice el niño mientras camina firmemente junto a la niña.

Ella dice: ¿Y cuándo pasó...?.

*Y este mes se cumple un año de tantos choques suscitados aquí...
  esperemos que se den otros tantos más.

martes, 10 de marzo de 2009

Tras un tiempo de silencio...

...Y hoy no quiero cerrar los ojos ni evaporarme en tu imagen nocturna. Todo hago para evitarlo: he acabado de desempolvar mi espanta espíritus para que no entre el tuyo disfrazado de sueño que me fulmina en esa mirada que me acosa en las noches. Es claro como la luna y se sostienen sus pequeños espejos de hilos cristalizados. Ellos me protegerán de ti al cegar tus ojos de mirada nocturna. Sé que es oscura y que se pasea de noche, cuando de día es todo imposible; y más al inducirme a tus sueños en los que me pierdo en tu imagen que de día es seria y simula reproche. He puesto mi amuleto sin cerrar los ojos, esa imagen nocturna me evapora en su sonrisa que va masticando todas mis ilusiones hasta atacarme en carne propia, ajena a mi razón y estática a su doliente hermosura. Cada mañana siento heridas en el cuerpo e intacto el corazón latente que me da a la vida una corta respiración. Hoy, que respirar ya duele y cicatrizada toda mordedura en cada ilusión y fantasía, he puesto en cada espejo de mi amuleto la última sensación provista e ignorada que habitaba en mi manipulado corazón: olvido. Hoy puedo cerrar los ojos y sentir, masoquista, la incrustación de los vidrios al repelar de ti la manipulación posesiva de tu mirada nocturna que ha de brindarme en el derramamiento de mi sangre su último dolor.