sábado, 20 de septiembre de 2008

Simplemente no tenía nada...

Tengo un plato sucio desde la mañana,
y un sueño desde hace un momento en que nací.
Y sin embargo,
no tengo motivos para escribir.
Poseo el aire que respiro por mi nariz,
el que acaricia mi pelo,
y el aire de que me gusta escribir.
Aún sí, sigo sin esperanzas.
Se me han ido de las manos las ideas,
el porvenir....
Se me ha borrado la razón.
Sin importar nada,
(patéticamente prosigo) 
Tengo una gata que ha nacido de la noche,
y otra que nació de las nubes.
Y sin lograr nada, exhalo un suspiro.
Tengo un plato,
un sueño,
aire y gatas.
No tengo motivos,
ideas,
porvenir
o razón.
Pero al menos escribí algo...

Miedo a no sentir nada

Hace días que no siento mi cara. Ya no me da esa frecuente rasquera en la frente ni en la quijada. Es raro. A veces siento ganas de desgarrarme el rostro, pero me pregunto: ¿qué habrá entre la sangre? ¿la he de sentir? y me enojo con la idea que ni desfigurándome la cara sabré si la sienta aún. Quiero rascarme. Ultimamente tampoco siento mi cuerpo, ni los múltiples piquetes de mosquito que tanto me molestaban. (Raro... insisto). Ya no me molesta la tela fibrosa de aquella blusa que me gusta (y que ya no la uso), y me sigue enojando desesperadamente no saber por qué. Miro como culpable al espejo, (él ha de saber algo) nada... ¿es que se ha hecho frágil mi cuerpo? Ese día incluso temí en salir a la calle. No sentía nada, sólo miedo, y mi cuerpo seguía igual. Caminé unas cuantas cuadras... a cada paso (sin sentirlo) se iban por el aire fragmentos de mi cuerpo, y, antes de desaparecer mi cara sentí el fluir de mi sangre, algo significaba... mis ojos buscaron mi cuerpo y con espanto y sorpresa, desaparecí. Es el aire el que da testimonio de ello, cada vez que sopla al oído de alguien, cuando susurro la últimas preguntas: ¿puedes ver mi cara? ¿volar conmigo...?

sábado, 6 de septiembre de 2008

El pequeño teatro de la oscuridad

Al llegar, la gente esperaba paciente ante el silencio del fuego, el sonar de las maracas y el rugir de los árboles. Observábamos hacia ninguna parte, a las furiosas chispas, quizá, a la tierra. Escuchaba. Alguien tocaba por la ventana, rítmicamente, desesperada; no era alguien... no era una ventana, era un tambor con muchos demonios y esperanzas dentro, queriendo salir, ser, tocando en un mismo ritmo inalterado. Algo había en ese fuego que se hacía invisible ante mis ojos... transcurrieron los murmullos, las preguntas, y todos entramos ahí, besando el suelo, venerando la tierra, la oscuridad.
Las voces profetizaban el nuevo encuentro y un viejo espejo que ha de ser destrozado. Sonaba escandalosa la noche mientras permanecíamos ahí sentados sobre la tierra, y hubo de entrar el misterio en brazos de aquel profeta: una flamante roca en fuego que enmanaba calor y sorpresa, que luego iría a ser depositada en el vientre abierto de la tierra, dándole la bienvenida. Una tras otra llegaba, hasta ser un número determinado, echando sobre sí chorros de agua medicinal, que más bien sentía muy en lo profundo que ésas eran nuestras lágrimas robadas (sin saberlo, sospechando, sintiendo) lágrimas sin vapor que luego serían el único aire por respirar, como una especie de placentero masoquismo. Seguía sonando la noche, la conciencia hablando, mostrándose en el sudor, el despertar dormido... (y para mí todo seguía siendo ruido). Las lágrimas medicinales despedían culpa, intriga, inconsciencia; sueño.
Habríamos de dormir despiertos para poder escuchar nuestros demonios en aquellos tambores, soñar la vida transcurrida y el fatal fin que le seguía, dicho así en aquellos aullidos de dolor y de espanto (era la alegría de los demonios liberados) que hacían de nuestro interior un teatro sin salida, hasta haber despertado la faltada esperanza escondida.
Era la noche anterior a mi cumpleaños... silencio.

Recuerdos de tú, inocencia

Con fecha de... año tal... iniciando en un mes de febrero, pongámoslo así... (habrás de recordarlo por mí) días nublados y una lluvia a cascadas después de tres días de similitudes (ésa nube parece de lluvia, parece tu cara) y un paraguas defectuoso siendo día de fiesta con una rosa en la mano y un maletín en la otra (no faltó un abrazo antes, el primero) y una chamarra café, cuyo aroma llamaba a todos los olfatos. Una historia gobernada por el mal tramando ser todo un encanto (oh sí, quién la quería a ella) silencio. Absurda conversación sobre nada (has de recordarlas) para luego volverlo una consulta médica: sí, era un paro cardíaco, no lo sabía hasta entonces. Silencio. ¿He muerto? ¿Te has enterrado por mí y ahí me dejaste? . . . Listado: una servilleta de una galleta compartida con un chocolate caliente (la lluvia se había vuelto nuestro baño). Un vaso desechable tras una tarde por la carretera, fotos de unos cumpleaños (¡mi cara...!) seis abrazos, buenos deseos, un temor y un adiós. Habré de recordar más. Un intento... Silencio, inocencia.

jueves, 28 de agosto de 2008

La venganza de la nada

Hubo un día en que no hubo lágrimas en ninguna parte. El Sol no brillaba (es más, no se sabía si aún existía) y no era de noche, ni tarde, era un día sin significado, forzado a tener su nombre ilustrado como: "un fondo que impide dejar caer el más allá sobre nosotros". No era nada. La frustración en los hospitales, funerales, partos, despedidas, sentencias y demás adversidades por no poder llorar ni recordar siquiera cómo era el sistema. -¿Era simple frustración? A ver... explícame el significado. -Y dime, ¿qué es lo simple para ti? ¿qué haces en mi historia?
-Necesitas de un personaje, una víctima, un culpable, un asesino-. Ese día (ignorando aquella voz) nadie se daba cuenta de nada, y, en falta de palabras, no había quién respondiera a las preguntas vacías, ni quién reclamara. No podían llorar por nada. -Eso, NADA. La gente muere, se va a los hospitales, "y no hay nada qué hacer", improvisa un disfraz ante el sufrimiento, y se justifican con "nada". Sólo es poder llorar y esperar a que nazca de nuevo la luz del Sol para así evitar caer "en ese vacío de la nada". Yo, en esta historia, seré el personaje que se busca, la víctima, el que borró las lágrimas y quien mató al Sol. Seré todos. Yo, soy la nada.
Ese día la nada habló en mi historia. Ante el temor y la falta de idea a cómo seguir, me puse a rayar las palabras escritas, y, justo antes de que borrara la nada y dejar todo en limpio, ésta sacó su furia. Estoy fuera del mundo que está en reconstrucción por la invasión de tinta, estoy en uno que no creería que fuera el mío, sentada en una banca, sin Sol. Ese día no hubo lágrimas, y en vez de caer el más allá sobre nosotros, cayó tinta...y me encontré nuevamente en ese mundo reconstruido por la nada. Me siento tan sola...

jueves, 21 de agosto de 2008

Cuando alzo y bajo la mirada...

Alcé la vista y vi todo sombrío, entre neblinas. Pese al día y el pasar de los camiones (que no recordaba haber escuchado su retumbante ruido) sentí miedo. ¿Miedo...? Confusión... apenas había visto los ojitos rojos de una torpe paloma, volteé una vez más y ya había una parvada de palomas del otro lado (¿extranjeras, rubias, ojos azules?). Ahora me doy cuenta de cómo transcurre el día... todo confuso y luego abrumadormente incoherente. (Pero, es cierto, ¡eso pasó!). Es el voltear las veces necesarias como para darte cuenta hasta de los microbios que habitan en el suelo, a nuestros pies... ¡pies! (no serán microbios...) pero esas insolentes hormigas planean apoderarse del mundo golpeando (o mordiendo o haciendo cosquillas) a nuestros pies... es otro girar de cabeza y encuentras a una hormiguita poeta susurrándote en silencio al oído. (Sí, ¡no me gustan!) (bueno, sí, quizá...). Volteo una vez más y ahora hay no una parvada de rubias palomas... (oh, palomas nomás...) sino una de tipas escalofriantes que al momento en que necesitan decir algo es necesario que el mundo las escuche (aunque no recuerdes si dejaste prendida la plancha o no). Volteo de nuevo... ¿¡Y qué hay!? (¿más carros...?) ¡No! Oh, esperen, ya no lo recuerdo en este momento... bajo la vista un momento... (oh, ¡microbios! ¡hormigas! ¡vete poeta!) mejor alzo la vista... Alcé la vista y vi todo sombrío, entre neblinas...

domingo, 17 de agosto de 2008

Tramando ser estatua (en un puesto de periódicos)

Pasa el tiempo como si fuera una burla... el aire azota con fuerza atacando mi cara. Permanezco ahí, sentada (soy una estatua). El público, al pasar, nota mi triste cara confundida. ¡Yo estaba ahí, se los juro! Sólo que ahora escribo con granos de arena y polvo tratando de mutar las nubes (o al menos decorarlas...) escucho desde lejos y muy cerca (mi estatua me respalda en aquel lugar mientras escapo en mi mente con la misma cara patética y graciosa) sí, escucho historias de plomería sobre viejos y nuevos lugares dónde localizar mejores tornillos para sus mentes... ingeniosas y masivamente destructivas buscando renovaciones plenas o estrafalarios disfraces a base de tubos de colores mal combinados... he perdido la palabra, la nube se evapora y estoy a punto de caer en el profundo vacío existencial que me invade sin dejar espacio a la respiración provocándome esa cara de estatua. Me sostengo de un hilo de nube (resiste... resiste...) el minúsculo punto de luz que alumbraba la oscuridad como toda esperanza me observa detenidamente (resiste... no...) caigo, y el minúsculo punto también, persiguiendo mi cabeza. Abro los ojos. Ya no era un minúsculo punto... era un resplandor insoportable y no esperado aún todavía (¡la estatua cobra vida!). "Expliqueme el anuncio" (¡el fin del mundo está cerca!, estuve con dos hombres a la vez... ¡usted lo vale! cuídese con los diferentes jugos de...). Eh... ¿cuál? El de "No molestar". Ah... pues, usted verá...